PSICOLOGIA Y VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO: MÁS ALLÁ DE LAS HERIDAS

4 de mayo de 2015


CAPITULO EN EL LIBRO COMPILADO "LA ENFERMERIA ANTE LA VIOLENCIA DE GÉNERO. 
Consejería de Sanidad. Comunidad de Madrid
Ana Isabel Gutiérrez Salegui. Psicóloga.



PSICOLOGIA Y VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO: MÁS ALLÁ DE LAS HERIDAS

Índice del capitulo


1-      Cultura, roles de género y violencia.

2-      La sociedad cómplice de los agresores.

3-      Infradiagnóstico en Violencia: Factores asociados.

4-      Los malos tratos psicológicos en la génesis de la violencia y como factor mantenedor de la relación.

5-      Psicopatología de la mujer victima de malos tratos.

6-      Las secuelas psicológicas del maltrato. Cicatrices en la mente.

7-      Intervención desde los distintos niveles asistenciales.

8-      Los tratamientos psicológicos. Una asignatura pendiente de la Sanidad  Pública




Abstrac: Antes de la violencia física aparece el maltrato psicológico, que es el que incapacita a la víctima para reaccionar. Mientras están inmersas en la relación, es el Síndrome de la Mujer maltratada uno de los factores que le impiden escapar de ella. Cuando la violencia física se acaba y el cuerpo cicatriza, quedan los recuerdos, los miedos, los pensamientos, las secuelas psicológicas.

Comprender los procesos psicológicos implicados en la génesis de la violencia, durante la relación y cuando termina, es fundamental para poder ayudar a las victimas, solo empatizando y entendiendo que ocurre en su mente podremos percibir su sufrimiento y sólo si lo percibimos podremos ayudar a sanar las “heridas invisibles”.

Adicionalmente comprender los componentes sociales que influyen en estos procesos es la única manera de poder empezar a cambiarlos. La violencia no es un problema de las víctimas, es un problema de toda la sociedad, junto con la intervención y apoyo a las victimas actuales debemos abordar la prevención de la violencia futura.

Construir una sociedad igualitaria y no sexista es un deber que tenemos que asumir como profesionales y como ciudadanos


Abstrac: Physical violence is preceeded by psychological abuse, which inhibits the victim from reacting. What is known as the Abused Woman Syndrome is one of the factors which prevents these women from escaping from a relationship in which they are immersed. When physical violence is over and the body heals from its wounds, the memories, fears, thoughts and psychological sequels are left.

In order to help the victims  it is vital to understand the psychological processes involved in the origin of violence, during the relationship and once it is over. It is only through empathy and understanding of what is going through the victim’s mind that we will be able to percieve their suffering and help heal the “invisible wounds”.

Aditionally, being able to understand the social components which impinge on these processes is the only way to start changing them. Violence is not the problem of the victims, it is a problem experienced by society at large. Not only must we work on the intervention and support of present victims but also address the prevention of future violence. 

Building an egalitarian and non-sexist society is a duty which we all have to undertake as professionals and as citizens.


Key Words: Sociedad, cultura, maltrato psicológico, depresión ansiedad, Síndrome de Estrés Postraumático, suicidio, secuelas.

Key Words: Society, culture, psychological abuse, depression, anxiety, Post Traumatic Estress Disorder, suicide, consequence.



CULTURA, ROLES DE GÉNERO Y VIOLENCIA

Cuando se habla de violencia de género la mayoría de las personas visualizan hematomas, golpes, cortes….  un collage de imágenes construido en nuestra mente con la información que recogemos día a día a través de los medios de comunicación.
Quizás esta percepción sesgada de lo que es la violencia en la pareja nos impide ver la realidad que nos rodea, al igual que se lo ha impedido a las mismas víctimas.

En el año 2000 la “Macroencuesta sobre la violencia contra las mujeres en el ámbito doméstico” del Ministerio de Asuntos Sociales (1) nos arrojaba unos datos que, por primera vez nos enfrentaban a la prevalencia real del problema en nuestra sociedad.
640.000 mujeres (un 4,2% de la población femenina mayor de 18 años) eran maltratadas habitualmente y un 12,4% adicional (1.865.000 mujeres) tenían criterios objetivos (habían sido golpeadas, empujadas o insultadas de forma habitual) para ser consideradas víctimas de malos tratos, aunque ellas no se definían como tales.

¿Cómo se explica esta “ceguera psicológica? Podemos entender que la sociedad no vea algo que tiende a ocultarse, a encerrarse entre las cuatro paredes de un mal llamado hogar. También podemos entender que no veamos lo que no queremos ver, que neguemos la existencia de algo si, aceptar que lo sabemos, nos coloca en el dilema ético y moral de tener que implicarnos.

Pero ¿Cómo es posible que las propias victimas desconozcan que lo son? Porque el criterio sobre lo que es el maltrato no es uniforme, en nuestra cultura la “anormalidad” en lo que respecta a malos tratos físicos, psíquicos y sexuales es un concepto muy vago.

Por un lado no podemos olvidar que “padecemos” una cultura sexista que impone un orden en base a formas de dominación relacionadas con el sexo de los sujetos, Así el substrato cultural justifica cierta “violencia contra la mujer”, amparado en el planteamiento paternalista del “fragilitas sexus”. Protección y corrección no dejan de ser derivaciones de esa visión paternalista. Proteger de los demás…y de sus propios errores.

La mujer, como ser dependiente y débil, debe ser “protegida” y cuando no acata las pautas que se han dictado “por su bien”, puede ser aleccionada. No en vano el “Derecho de Corrección” que amparaba a los maridos que “castigaban” a sus mujeres (el caso inverso no se contemplaba) ha seguido vigente, aunque en desuso, en el Código Civil español  hasta 1975.

La cultura modela los rasgos de personalidad inhibiendo aquellos que no se ajustan a los roles de género y potenciando los que sí se adecuan a los mismos. Así, estos roles definen como se deben comportar las personas en función del sexo y todo aquello que se salga de este estereotipo será definido como una anomalía. Sirvan como ejemplo las categorías “mariquita” y “marimacho” en las que nuestra sociedad engloba a aquellas personas que, perteneciendo a un sexo, poseen características atribuidas al otro.

Desde niños se nos asigna un rol en función de nuestro sexo biológico, y en función del mismo así somos tratados. La ropa en rosa, azul o los pendientes  * cumplen el papel de indicador y condicionan el trato que el grupo nos da. De esta manera, un bebé-niña será obsequiado con un comentario sobre su aspecto físico, en cambio a los niños se les regala un sonoro “machote” que alude a su virilidad....acompañado incluso, en casos extremos, de su correspondiente cachete. Desde muy pequeños esperamos que las conductas de niños y niñas sean diferentes porque “como todo el mundo sabe” los niños son brutos, descuidados, gamberros…y las niñas dulces, cariñosas y tranquilas. No nos damos cuenta de que esos rasgos no son innatos sino que se adquieren fundamentalmente a través del modelado y el aprendizaje vicario. A través de los modelos que ven en casa, en el colegio, en la televisión, los niños se van ajustando al estereotipo de género imperante.

Mas adelante, en la adolescencia los roles de género se percibirán en toda su intensidad, dobles mensajes sobre sexualidad (“las chicas buenas no hacen eso”), sobre peligrosidad ( “cuida de tu hermana”, ”que te acompañen al volver”), sobre conductas adecuadas (“ayúdame a recoger la mesa” “ no es un sitio para una chica”) que acabarán de determinar en la mente de los sujetos las pautas a seguir en función del sexo que le haya tocado.
Uno de los pilares que sustentan la violencia de género se encuentra en esta educación de doble rasero que inconscientemente seguimos perpetuando.

Hay conductas que no son aceptables dentro del rol femenino y por lo tanto “deben” ser corregidas por parte de la familia o de toda la sociedad. El concepto de “disciplina global” (Lorente 2001) (2)  explica como una persona que se sale de las “normas sociales vigentes”  se enfrenta al “castigo” del grueso de la sociedad en forma de crítica, desvalorizaciones u ostracismo y por supuesto, se le culpabiliza parcialmente de lo que ocurre. 

Los malos tratos y las agresiones sexuales son los únicos delitos en los que se presupone culpabilidad a la víctima, y “curiosamente”, ambos delitos, afectan mayoritariamente a las mujeres. “A saber lo que habrá hecho ella para que él se ponga así”, “no son horas para una chica” o “si no hubiera subido a su casa no le habría pasado” son verbalizaciones habituales en nuestra cultura.
Así, las mujeres muchas veces ocultan lo que les ocurre para evitar enfrentarse al juicio social que les asigna el doble papel de ser víctimas, y a la vez, cómplices del verdugo.

Es difícil conseguir que la violencia contra las mujeres sea una conducta percibida como reprobable y más aun erradicarla, sino eliminamos antes los roles de género, y ese hecho pasa porque la sociedad tome conciencia de que existen y de que están directamente implicados en la génesis de la misma.  

Los roles de género, arrastrados desde hace miles de años, siguen trasmitiéndose hoy en los juguetes, en los cuentos, en el papel de las mujeres en los medios de comunicación y a través del modelado.  Una educación no sexista se impone como primera medida preventiva de este tipo de violencia.





* Perforar las orejas es un hecho completamente aceptado en nuestra cultura, hasta el punto que si nos dijeran que en otra sociedad marcan con un pequeño hierro candente en la frente a las niñas para que sean diferenciadas por el grupo social nos parecería “una bestialidad propia de salvajes machistas” , sin darnos cuenta de que nosotros hacemos algo similar.






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